Cinco Marineros y un ataúd verde

Un día de principios de invierno arribó a Punta Arenas un barco tan deslastrado que llevaba más de media paleta de la hélice fuera del agua; el casco plomizo, algo descascarado por la intemperie o por las faenas de pintura en alta mar, estaba surcado de grandes manchas de azarcón rojo que semejaban heridas cuya sangre aún no se lograba restañar.

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La Metamorfosis – Franz Kafka

I
Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto. Estaba tumbado sobre su espalda dura, y en forma de caparazón y, al levantar un poco la cabeza veía un vientre abombado, parduzco, dividido por partes duras en forma de arco, sobre cuya protuberancia apenas podía mantenerse el cobertor, a punto ya de resbalar al suelo. Sus muchas patas, ridículamente pequeñas en comparación con el resto de su tamaño, le vibraban desamparadas ante los ojos.

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El Costado del Cristo Sufriente

No era la casa más vistosa que se hubiese construido por los alrededores, pero probablemente era una de las más elegantes por dentro. La casa en la que don José Fernández Astudillo vivía en Santiago desde hace un par de años tenía un mobiliario que mostraba parte de cada uno de los innumerables paseos que había hecho su dueño por el mundo entero. La industria azucarera vivía en Chile un pequeño auge. Los productores de la zona central del país aprovechaban los altos precios de Argentina y Perú para enviar sus producciones para afuera. Primera vez que un producto chileno se comercializaba tan fuertemente fuera de Chile desde el salitre.


Y don José Fernández era el productor más importante de las cercanías de Linares. No siempre había sido remolachero pero en los tiempos que corrían tenía más de doscientas cincuenta hectáreas de remolacha sembrada que durante la cosecha podían llegar a emplear más de mil temporeros.

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Después de Hoydía, antes de Mañana

Desde hace algún tiempo que estoy obsesionado con la muerte. No es una obsesión enfermiza ni extraña como la que tendría algún personaje de Burton. Es una atracción hacia la muerte como personaje. Me lo(a) imagino como alguien con el que siempre nos topamos y no nos damos cuenta… siempre al lado de nosotros, el tipo que se cruza caminando en la calle, manejando el auto de al lado. Nadie lo nota.
Puede ser que el cine haya influido en esta admiración. La primera película que ví con este tema fue “Do you know Joe Black?”. Después “La Tormenta del Siglo”. Y por último, y la que más me gustó y me marcó: “El séptimo sello” de Igmann Bergmann.
Entonces, ¿“Después de Hoydía, …” se trata de la muerte? No directamente. Pero la roza.
No quiero dedicar este cuento a Felipe Francisco por dos razones, primero porque lo escribí muchísimo antes del accidente; segundo, porque como no he escrito mucho, este cuento tiene muchas falencias; y, tercero, porque no quiero prostituir la dedicatoria. Vienen más cosas, mucho mejores que este cuento que quiero guardarme para dedicárselas.
Por último, y con esto termino la lata, no puedo dejar de agradecer a mi equipo editor y motivador. Doña María de los Ángeles Besoain y a don Cristóbal Donoso. Sin ellos yo sería una vergüenza!! Gracias a ambos (Donoso no te pongas a llorar por favor).

Después de Hoydía, antes de Mañana.

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